La Universidad Rey Juan Carlos ha organizado un ciclo de conferencias sobre terrorismo que comenzará este viernes día 20 con una conferencia sobre el IRA que dará Shane.
Por si a alguno le interesa, aquí tenéis más información:
http://www.facebook.com/event.php?eid=171650487774&index=1#/event.php?eid=171650487774&ref=mf
http://www.fdpagora.es/index.terrorismo.html
18/11/09
2/9/09
Paradojas de las 'luchas de liberación nacional'
TRIBUNA / TERRORISMO / SHANE O'DOHERTY
El Mundo, 26.08.2009
A RAÍZ DE los recientes atentados de ETA y de las operaciones policiales contra la banda y su entorno he reflexionado sobre las lecciones de 40 años de lucha violenta en Irlanda, a la que hace unos años pusieron punto final dirigentes de las diversas facciones.
Las denominadas luchas de liberación nacional son un conglomerado de numerosas contradicciones que los combatientes, sobre todo los más jóvenes, son incapaces de ver durante más o menos tiempo; sin embargo el velo se les cae finalmente de los ojos durante esos largos años en prisión -que son la recompensa principal de todo acto violento-, aunque casi nunca se les permita reconocerlo.
La primera contradicción es que los luchadores por la libertad matan a más miembros de su propio ámbito social de los que matan aquéllos que consideran sus enemigos. En Irlanda hemos tenido durante unos cuantos años una Comisión de Desaparecidos que trabajaba en la búsqueda de cadáveres de ciudadanos torturados, asesinados y enterrados clandestinamente por los luchadores por la libertad. Las diversas facciones han negado en repetidas ocasiones dichos asesinatos durante años y años, hasta que al final se han visto obligadas a reconocerlos.
No se confesaba la verdad ni a los militantes ni al sector social propio. Torturas, enterramientos en secreto y mentiras eran instrumentos aceptables en aras de una causa que se suponía que era tan noble.
La segunda contradicción es que, una vez capturados y encarcelados, los luchadores por la libertad pasan a ser expertos en los derechos de los presos y tienen que reconocer que los derechos de éstos tienen su origen en los derechos humanos que ellos mismos han violado con tanta frecuencia pero a los que ahora, una vez dentro de la cárcel, apelan constantemente. Todas y cada una de las mañanas, cada vez que se mira en el espejo del lavabo, un recluso tiene que ver el rostro de alguien que ha violado los derechos humanos y que ha causado más injusticia de la que ha reparado en toda su vida practicando el terrorismo. En la gran mayoría de los casos, eso les lleva poco a poco a un cambio de carácter.
La tercera contradicción es que esos movimientos proclaman que su objetivo es la libertad, pero niegan la libertad de pensamiento y acción tanto a sus militantes como a sus grupos sociales. En Irlanda, esa lucha está sembrada de nombres que fueron muy importantes en sus organizaciones y que cayeron en desgracia porque disintieron en nada más que una coma de la línea oficial del partido. Sus años de servicio quedaron borrados instantáneamente de la versión oficial de la lucha y ellos personalmente se vieron condenados al ostracismo de forma implacable. No sólo se aplica una mordaza de hierro a los pensamientos y manifestaciones de los presos a medida que maduran y cambian con el transcurso de los años, sino también a sus familiares y a todo disidente en potencia dentro del grupo social. Es el miedo, no la libertad, lo que se transforma en el objetivo y el instrumento principal de aquellos que todavía aspiran a que les llamen luchadores por la libertad.

Una cuarta contradicción es que, mientras muchos militantes eran asesinados por haberse chivado al considerado enemigo acerca de otros luchadores, cada uno de los movimientos que actuaba en Irlanda entablaba negociaciones con los británicos. Llegado el caso, destruía su arsenal armamentístico por sí mismo, pero todos estos contactos y negociaciones en secreto se mantenían vivos durante muchos años mientras los dirigentes de esos mismos movimientos decían a sus luchadores por la libertad que la guerra debía continuar sin ningún género de dudas. Es posible que a los dirigentes de esas organizaciones no les quede más remedio que ocultar la verdad, tanto a sus luchadores por la libertad como a sus grupos sociales, sobre esos contactos secretos con el considerado enemigo. Mentir a los militantes y al grupo social se considera algo puramente táctico; no tiene nada que ver con cuestiones morales o éticas.
Una quinta contradicción de estas organizaciones es que a todos aquellos que se involucran, ya sea en un primer momento por razones políticas o por razones culturales o filosóficas, se les considera inmediatamente comprometidos con el servicio a la lucha armada, con una especie de minicarrera armamentística y con una maquinaria asesina. Por momentos, nada hay más importante que el brazo armado de la organización y su necesidad de inflar las estadísticas de asesinatos. Al cabo de unos 40 años de lucha entre diversas facciones en Irlanda, lo único que había aumentado de verdad eran las estadísticas de las cárceles y de los entierros. No se habían levantado ni escuelas, ni hospitales, ni clínicas, ni comedores populares para los pobres o los menos privilegiados. Los únicos monumentos erigidos a la denominada noble lucha por la libertad eran los índices de asesinato de otros seres humanos y los cientos y cientos de años de sentencias de reclusión. La cultura, la filosofía y la política en su totalidad se habían puesto inicuamente al servicio del asesinato.
¿Queda algún hueco para la esperanza en este catálogo de contradicciones?
Las direcciones de las diversas facciones de Irlanda buscaron entre todas una salida al callejón sin salida de la lucha armada una vez que cayeron en la cuenta de que todo podía conseguirse mediante el proceso político democrático y que podía ponerse punto final al asesinato, la tortura y la cárcel. Este milagro se produjo en varias facciones de Irlanda aproximadamente hacia la misma época. Ex dirigentes de esas facciones han comparecido aquí durante unos cuantos años en programas de televisión para expresar que lamentan tantas décadas de violencia innecesaria. Lo impensable se ha convertido en un lugar común.
En un futuro no demasiado lejano, los vascos rechazarán toda identificación nihilista con la máquina de matar y apoyarán una política democrática sin amenazar con asesinatos o violaciones de derechos humanos. Política, cultura y filosofía se verán al fin liberados del terrorismo autóctono de los denominados luchadores por la libertad.
Shane O'Doherty es el primer terrorista arrepentido del IRA y autor de No más bombas (Ed. Libroslibres).
TRIBUNA / TERRORISMO / SHANE O'DOHERTY
El Mundo, 26.08.2009
A RAÍZ DE los recientes atentados de ETA y de las operaciones policiales contra la banda y su entorno he reflexionado sobre las lecciones de 40 años de lucha violenta en Irlanda, a la que hace unos años pusieron punto final dirigentes de las diversas facciones.
Las denominadas luchas de liberación nacional son un conglomerado de numerosas contradicciones que los combatientes, sobre todo los más jóvenes, son incapaces de ver durante más o menos tiempo; sin embargo el velo se les cae finalmente de los ojos durante esos largos años en prisión -que son la recompensa principal de todo acto violento-, aunque casi nunca se les permita reconocerlo.
La primera contradicción es que los luchadores por la libertad matan a más miembros de su propio ámbito social de los que matan aquéllos que consideran sus enemigos. En Irlanda hemos tenido durante unos cuantos años una Comisión de Desaparecidos que trabajaba en la búsqueda de cadáveres de ciudadanos torturados, asesinados y enterrados clandestinamente por los luchadores por la libertad. Las diversas facciones han negado en repetidas ocasiones dichos asesinatos durante años y años, hasta que al final se han visto obligadas a reconocerlos.
No se confesaba la verdad ni a los militantes ni al sector social propio. Torturas, enterramientos en secreto y mentiras eran instrumentos aceptables en aras de una causa que se suponía que era tan noble.
La segunda contradicción es que, una vez capturados y encarcelados, los luchadores por la libertad pasan a ser expertos en los derechos de los presos y tienen que reconocer que los derechos de éstos tienen su origen en los derechos humanos que ellos mismos han violado con tanta frecuencia pero a los que ahora, una vez dentro de la cárcel, apelan constantemente. Todas y cada una de las mañanas, cada vez que se mira en el espejo del lavabo, un recluso tiene que ver el rostro de alguien que ha violado los derechos humanos y que ha causado más injusticia de la que ha reparado en toda su vida practicando el terrorismo. En la gran mayoría de los casos, eso les lleva poco a poco a un cambio de carácter.
La tercera contradicción es que esos movimientos proclaman que su objetivo es la libertad, pero niegan la libertad de pensamiento y acción tanto a sus militantes como a sus grupos sociales. En Irlanda, esa lucha está sembrada de nombres que fueron muy importantes en sus organizaciones y que cayeron en desgracia porque disintieron en nada más que una coma de la línea oficial del partido. Sus años de servicio quedaron borrados instantáneamente de la versión oficial de la lucha y ellos personalmente se vieron condenados al ostracismo de forma implacable. No sólo se aplica una mordaza de hierro a los pensamientos y manifestaciones de los presos a medida que maduran y cambian con el transcurso de los años, sino también a sus familiares y a todo disidente en potencia dentro del grupo social. Es el miedo, no la libertad, lo que se transforma en el objetivo y el instrumento principal de aquellos que todavía aspiran a que les llamen luchadores por la libertad.

Una cuarta contradicción es que, mientras muchos militantes eran asesinados por haberse chivado al considerado enemigo acerca de otros luchadores, cada uno de los movimientos que actuaba en Irlanda entablaba negociaciones con los británicos. Llegado el caso, destruía su arsenal armamentístico por sí mismo, pero todos estos contactos y negociaciones en secreto se mantenían vivos durante muchos años mientras los dirigentes de esos mismos movimientos decían a sus luchadores por la libertad que la guerra debía continuar sin ningún género de dudas. Es posible que a los dirigentes de esas organizaciones no les quede más remedio que ocultar la verdad, tanto a sus luchadores por la libertad como a sus grupos sociales, sobre esos contactos secretos con el considerado enemigo. Mentir a los militantes y al grupo social se considera algo puramente táctico; no tiene nada que ver con cuestiones morales o éticas.
Una quinta contradicción de estas organizaciones es que a todos aquellos que se involucran, ya sea en un primer momento por razones políticas o por razones culturales o filosóficas, se les considera inmediatamente comprometidos con el servicio a la lucha armada, con una especie de minicarrera armamentística y con una maquinaria asesina. Por momentos, nada hay más importante que el brazo armado de la organización y su necesidad de inflar las estadísticas de asesinatos. Al cabo de unos 40 años de lucha entre diversas facciones en Irlanda, lo único que había aumentado de verdad eran las estadísticas de las cárceles y de los entierros. No se habían levantado ni escuelas, ni hospitales, ni clínicas, ni comedores populares para los pobres o los menos privilegiados. Los únicos monumentos erigidos a la denominada noble lucha por la libertad eran los índices de asesinato de otros seres humanos y los cientos y cientos de años de sentencias de reclusión. La cultura, la filosofía y la política en su totalidad se habían puesto inicuamente al servicio del asesinato.
¿Queda algún hueco para la esperanza en este catálogo de contradicciones?
Las direcciones de las diversas facciones de Irlanda buscaron entre todas una salida al callejón sin salida de la lucha armada una vez que cayeron en la cuenta de que todo podía conseguirse mediante el proceso político democrático y que podía ponerse punto final al asesinato, la tortura y la cárcel. Este milagro se produjo en varias facciones de Irlanda aproximadamente hacia la misma época. Ex dirigentes de esas facciones han comparecido aquí durante unos cuantos años en programas de televisión para expresar que lamentan tantas décadas de violencia innecesaria. Lo impensable se ha convertido en un lugar común.
En un futuro no demasiado lejano, los vascos rechazarán toda identificación nihilista con la máquina de matar y apoyarán una política democrática sin amenazar con asesinatos o violaciones de derechos humanos. Política, cultura y filosofía se verán al fin liberados del terrorismo autóctono de los denominados luchadores por la libertad.
Shane O'Doherty es el primer terrorista arrepentido del IRA y autor de No más bombas (Ed. Libroslibres).
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16/6/09
En el Nombre del Padre
Probablemente la mayoría de vosotros hayáis visto ésta película del director irlandés Jim Sheridan. “En el Nombre del Padre” (1993), cuenta la historia de Gerry Conlon, un gamberro que, en la atormentada Belfast de los años 70, sólo sabe beber e ir de juerga, para disgusto de su padre Giuseppe, un hombre tranquilo y educado. Cuando Gerry se enfrenta al IRA, su padre le manda a Inglaterra, pero acaba en el sitio equivocado en el momento equivocado. Aunque es inocente se ve obligado a confesar su participación en un atentado terrorista y es condenado a cadena perpetua junto al resto de los "cuatro de Guildford". Su padre Giuseppe es también arrestado y encarcelado, y durante su estancia en la cárcel, Gerry descubre que la aparente fragilidad de su padre esconde en realidad una gran fuerza y sabiduría interior. Con la ayuda de Gareth Peirce, una abogada entregada a la causa, Gerry se propone demostrar su inocencia, limpiar el nombre de su padre y airear la verdad de uno de los más lamentables errores legales de la historia reciente.
Como habréis leído en No Más Bombas, Shane conocía a los responsables del atentado ocurrido en el pub y del que se acusaba a Gerry y a su familia y por tanto sabía que eran totalmente inocentes. Escribió a un montón de cargos importantes para dar a conocer tan terrible injusticia e involucró a su abogada, Gareth Peirce, para que les ayudase.
Gerry Conlon, al igual que parte de su familia, pasó 15 años en la cárcel por algo que no había hecho e incluso vio a su padre morir en ella. En el año 90 Gerry publicó su historia, Proved Innocent, y en ella se refiere a Shane como una de sus dos “gracias salvadoras” por todo lo que hizo por ellos, no sólo de cara a que se reconociera su inocencia públicamente sino también dentro de la cárcel en su relación con el resto de presos irlandeses.
Hablando de Shane, Gerry Conlon dice en su biografía: “Le habían arrestado cuando todavía era adolescente por haber enviado un montón de cartas bomba a gente importante de Inglaterra, pero aunque era del IRA tenía su propia ley. No mucho más tarde hizo un comunicado público en el que renunció a la violencia y pidió perdón a sus víctimas. Por esta época, aún así, Doc era todavía miembro del grupo republicano, pero vio que yo tenía problemas y se encargó de que se me empezase a reconocer.”

4/5/09
Sincera Condena
Por Rogelio Alonso, publicado en abc.es el 15 de marzo de 2009
El 4 de noviembre de 1993 el órgano oficioso del IRA y del Sinn Fein, el semanario An Phoblacht, publicó una reseña del libro que Shane Paul O'Doherty, antiguo miembro de la organización terrorista norirlandesa, acababa de publicar. Todavía conservo con subrayados aquel texto junto al libro de O'Doherty, también con notas en los márgenes. De aquella primera lectura de The Volunteer (El voluntario) me sorprendió la franqueza de un hombre nacido en 1955 que, tras permanecer catorce años en prisión por sus crímenes al servicio de la banda, reconocía el terrible error de sus acciones terroristas.
Después de abandonar la cárcel en 1989, O'Doherty escribió un relato valiente, uno de los pocos en los que antiguos activistas reconocerían la equivocación que el terrorismo supuso, así como sus negativas consecuencias personales y para la sociedad. La crítica de An Phoblacht despreciaba el punto de vista del antiguo militante, justificando una violencia que O'Doherty había deslegitimado con solidez, aportando un referente para otros terroristas que también abandonarían el terrorismo como Eamon Collins (Killing Rage) y Sean O'Callaghan (The Informer). En 2005 se publicaron en España las memorias de Gerry Adams, un aburrido libro de ficción repleto de mentiras que engañaba sobre los verdaderos motivos que llevaron al IRA a interrumpir su campaña terrorista.
Firmes argumentos. Este panfleto justificaba la violencia que O'Doherty tan coherentemente había condenado y desarmado con sus firmes argumentos. Sin embargo, en nuestro país Adams era presentado por los medios de comunicación como un héroe, como el valiente y carismático arquitecto de la «paz» en Irlanda del Norte. Frente a la prostitución de la historia que esa narrativa carente de rigor histórico representaba, y frente a la peligrosa glorificación de la violencia que el ensalzamiento del líder terrorista implicaba, el relato de O'Doherty ofrece una versión honrada y certera de las causas y consecuencias de una violencia injustificable y contraproducente.
Esta es una de las razones por la que resulta tan oportuna y acertada la publicación en España del libro de O'Doherty. Su traducción al castellano aporta enriquecedoras lecciones para entender cómo el idealismo y la inmadurez propios de la juventud, junto a la manipulación ideológica, pueden empujar a la violencia a muchos adolescentes en coyunturas políticas y sociales determinadas. Si bien O'Doherty nos relata su experiencia en el contexto norirlandés, las pautas de comportamiento que emergen en su biografía ofrecen claves para interpretar la radicalización de otros individuos que hoy siguen recurriendo al terrorismo en nombre de ideales asociados al islamismo o al nacionalismo.
El libro describe la implicación de O'Doherty en la organización terrorista a una temprana edad, sus contradictorios sentimientos y la ausencia de escrúpulos del IRA para utilizar niños en sus fines criminales a pesar de su edad. La detallada descripción de sus años de activismo puede parecer tediosa, pero a través de ella se revelan interesantes conclusiones. Nos muestra el contraste entre la adhesión fanática a sus convicciones, identificando el terrorismo como inevitable, frente al sentir contrario de la mayoría de la comunidad en la que O'Doherty creció.
Los ciudadanos que supuestamente debían ser «liberados» y «defendidos» por el IRA no compartían la simplista y errónea justificación de la violencia que la propaganda terrorista reproducía. Ni siquiera las objetivas injusticias que sobre la población católica se habían cometido justificaban, en opinión de la mayoría de sus integrantes, la violación de los derechos humanos de sus conciudadanos perpetradas por el IRA.
Crear injusticias. Son especialmente destacables los capítulos finales en los que O'Doherty concluye su proceso vital cuestionando su implicación en el terrorismo y reconociendo su responsabilidad con las víctimas: «No me importaban los derechos humanos de aquellos a los que lesionaba, pero era extremadamente delicado en lo que a los míos se refería. Al dañar a seres humanos no corregía ninguna injusticia, sino que creaba una nueva (?) Si alguna presunta causa pretende justificar el terrorismo, éste no puede hacer otra cosa que desacreditarla».
El 4 de noviembre de 1993 el órgano oficioso del IRA y del Sinn Fein, el semanario An Phoblacht, publicó una reseña del libro que Shane Paul O'Doherty, antiguo miembro de la organización terrorista norirlandesa, acababa de publicar. Todavía conservo con subrayados aquel texto junto al libro de O'Doherty, también con notas en los márgenes. De aquella primera lectura de The Volunteer (El voluntario) me sorprendió la franqueza de un hombre nacido en 1955 que, tras permanecer catorce años en prisión por sus crímenes al servicio de la banda, reconocía el terrible error de sus acciones terroristas.
Después de abandonar la cárcel en 1989, O'Doherty escribió un relato valiente, uno de los pocos en los que antiguos activistas reconocerían la equivocación que el terrorismo supuso, así como sus negativas consecuencias personales y para la sociedad. La crítica de An Phoblacht despreciaba el punto de vista del antiguo militante, justificando una violencia que O'Doherty había deslegitimado con solidez, aportando un referente para otros terroristas que también abandonarían el terrorismo como Eamon Collins (Killing Rage) y Sean O'Callaghan (The Informer). En 2005 se publicaron en España las memorias de Gerry Adams, un aburrido libro de ficción repleto de mentiras que engañaba sobre los verdaderos motivos que llevaron al IRA a interrumpir su campaña terrorista.
Firmes argumentos. Este panfleto justificaba la violencia que O'Doherty tan coherentemente había condenado y desarmado con sus firmes argumentos. Sin embargo, en nuestro país Adams era presentado por los medios de comunicación como un héroe, como el valiente y carismático arquitecto de la «paz» en Irlanda del Norte. Frente a la prostitución de la historia que esa narrativa carente de rigor histórico representaba, y frente a la peligrosa glorificación de la violencia que el ensalzamiento del líder terrorista implicaba, el relato de O'Doherty ofrece una versión honrada y certera de las causas y consecuencias de una violencia injustificable y contraproducente.
Esta es una de las razones por la que resulta tan oportuna y acertada la publicación en España del libro de O'Doherty. Su traducción al castellano aporta enriquecedoras lecciones para entender cómo el idealismo y la inmadurez propios de la juventud, junto a la manipulación ideológica, pueden empujar a la violencia a muchos adolescentes en coyunturas políticas y sociales determinadas. Si bien O'Doherty nos relata su experiencia en el contexto norirlandés, las pautas de comportamiento que emergen en su biografía ofrecen claves para interpretar la radicalización de otros individuos que hoy siguen recurriendo al terrorismo en nombre de ideales asociados al islamismo o al nacionalismo.
El libro describe la implicación de O'Doherty en la organización terrorista a una temprana edad, sus contradictorios sentimientos y la ausencia de escrúpulos del IRA para utilizar niños en sus fines criminales a pesar de su edad. La detallada descripción de sus años de activismo puede parecer tediosa, pero a través de ella se revelan interesantes conclusiones. Nos muestra el contraste entre la adhesión fanática a sus convicciones, identificando el terrorismo como inevitable, frente al sentir contrario de la mayoría de la comunidad en la que O'Doherty creció.
Los ciudadanos que supuestamente debían ser «liberados» y «defendidos» por el IRA no compartían la simplista y errónea justificación de la violencia que la propaganda terrorista reproducía. Ni siquiera las objetivas injusticias que sobre la población católica se habían cometido justificaban, en opinión de la mayoría de sus integrantes, la violación de los derechos humanos de sus conciudadanos perpetradas por el IRA.
Crear injusticias. Son especialmente destacables los capítulos finales en los que O'Doherty concluye su proceso vital cuestionando su implicación en el terrorismo y reconociendo su responsabilidad con las víctimas: «No me importaban los derechos humanos de aquellos a los que lesionaba, pero era extremadamente delicado en lo que a los míos se refería. Al dañar a seres humanos no corregía ninguna injusticia, sino que creaba una nueva (?) Si alguna presunta causa pretende justificar el terrorismo, éste no puede hacer otra cosa que desacreditarla».
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